Foto portada de Unsplash – Aarón Blanco Tejedor
Sobre escuchar, tener paciencia y la inteligencia de estar presente
Septiembre ya está aquí, marcando el inicio de un nuevo ciclo en muchos sentidos. Se acerca un comienzo más real que el que celebramos en enero con propósitos y fuegos artificiales.
Si analizamos las comunidades agrícolas de todo el mundo, por ejemplo, llevan siglos midiendo el año por el ritmo de la tierra, no por fechas fijas…y tiene sentido, ¿no crees? Podemos ver y sentir cómo los días largos y abiertos del verano dan paso al trabajo más tranquilo y pausado de la cosecha. Es también la época en que los niños de medio mundo se despiden de la libertad del verano, de esos momentos sin reloj en el campo, de las mañanas sin horarios, para empezar sus nuevas aventuras de aprendizaje. Incluso aquí en Tenerife, donde nosotras vivimos, y donde el calor del verano sigue mandando, el otoño se abre paso con un aire de novedad.
Y eso es exactamente lo que este año nos ha traído el paso del verano al otoño en Slow & Co. Novedades. Frescura. Claridad. Nuevos inicios.
El verano siempre pide atención a la luz y a la vida que brota, pero también al descanso para que después florezcan nuevas ideas y oportunidades. Estamos activando de nuevo nuestra labor, pero sin perder de vista los ritmos de la naturaleza.
El otoño, si prestamos atención, pide más paciencia. Cualquiera que haya trabajado la tierra aprende pronto que escuchar el suelo, el tiempo, lo que está listo y lo que aún no, puede parecer poesía; pero en realidad es una necesidad, una exigencia de la naturaleza. Porque la naturaleza necesita atención.
Algo parecido nos piden las conexiones entre personas: trabajar las habilidades blandas, aunque, en verdad, no tienen nada de blandas; porque actúan como una infraestructura fuertísima que sostiene nuestro crecimiento, nuestras interacciones y nuestro impacto.

Bosques de Anaga (Tenerife Norte)
«Adopta el ritmo de la naturaleza: su secreto es la paciencia» — Ralph Waldo Emerson
Todos hemos oído hablar de la escucha como habilidad blanda, pero si la analizamos bien, lo que la hace posible es, primero, la paciencia. Y por desgracia, la paciencia no se valora lo suficiente, sobre todo en el mundo empresarial, donde el peso de las habilidades blandas todavía no se reconoce como se merece. Para muchos, la paciencia es sinónimo de pasividad, pero nosotras no vemos nada pasivo en ella. Al revés, vemos acción y disciplina.
Cuando nos escuchamos de verdad, la paciencia viene acompañada del silencio y de mantenerlo más tiempo del que resulta cómodo. La paciencia es no apurarnos a terminar la frase a medias de otra persona y guardarnos los pensamientos ya formados para poder escuchar y entender lo que todavía nos están compartiendo. La paciencia también es física, literalmente física. ¿Recuerdas la última vez que tuviste paciencia con alguien? Lo notaste en la respiración, ¿verdad? En los hombros y en el resto del cuerpo, mientras te resistías a llenar un espacio que no te correspondía.
Todos llegamos a una conversación, a una colaboración, con nuestros propios filtros. Cargamos con nuestras historias, opiniones y, desafortunadamente, muchos prejuicios. Muchas veces todo eso alimenta juicios muy rápidos sobre lo que estamos a punto de oír. A veces somos tan conscientes de ellos que nos esforzamos por borrarlos, pero el objetivo no es borrarlos, ¡eso sería borrar también nuestra identidad! Lo que sí podemos hacer es observarlos y apartarlos, para liberar nuestra mente y nuestro cuerpo y dejar espacio para entender a la otra persona. Al fin y al cabo, el propósito de escuchar es entender, no responder, ¿no?
A la mayoría nos enseñaron que escuchar es simplemente parte de la buena educación. Nos entrenan desde pequeños para no interrumpir, para asentir de vez en cuando, para esperar adecuadamente nuestro turno y dar nuestra opinión. Pero eso es más bien oír, no escuchar. Escuchar de verdad no es cuestión de cortesía, sino una forma de inteligencia. Inteligencia emocional.
¿Cómo se ve esto en la práctica?
Se ve dejando que un silencio dure un segundo más de lo que nuestro propio instinto pide. Se ve haciendo una pregunta que de verdad nos interesa, y no buscando confirmación de lo que ya pensamos. Se ve recibiendo el pensamiento inacabado de alguien en lugar de completarlo con nuestros pensamientos.
Se ve y se siente como paciencia y presencia.
Esta forma de presencia no es solo un regalo en la relación con el otro, sino también estratégica. En una negociación, en un primer encuentro con un posible colaborador, o en una conversación delicada dentro de una comunidad, lo que la gente no dice suele contar tanto como lo que sí dice. Un silencio, un cambio de postura, una pausa antes de responder: todo eso solo lo captamos si estamos más presente y prestamos atención de verdad.

Parque Nacional del Teide (Tenerife)
«La atención es la forma más rara y pura de generosidad» — Simone Weil
Cuando trabajas con personas que están cambiando las cosas, que están construyendo algo que importa, hay algo que queda muy claro: escuchar bien nunca es casualidad. Es una decisión que se toma una y otra vez. Una decisión que viene con paciencia para no precipitar la conversación; con humildad para admitir que no tienes todas las respuestas; y con valentía para renunciar a la comodidad y quedarte presente ante la emoción y la necesidad de otra persona.
Quienes construyen los equipos y las comunidades más sólidas dominan, sin duda, estas habilidades blandas. Escuchar, tener paciencia, estar presente: eso es lo que hace que la gente se reúna y se quede, porque todos necesitamos sentirnos vistos, escuchados y valorados.
Muchas negociaciones se estancan no porque las cifras estén mal, sino porque una de las partes nunca se sintió entendida; la colaboración entre dos organizaciones con buenas intenciones puede romperse, no por la estrategia, sino porque nadie se paró el tiempo suficiente para escuchar lo que la otra parte necesitaba de verdad; las relaciones no se rompen por grandes errores, sino por cientos de pequeños momentos en los que alguien habló a otro en lugar de hablar con él. Cuando se intercambia información pero no se escucha de verdad, fallamos, sea cual sea el tipo de relación de la que hablemos.
Sin escuchar para entender, colaborar es solo coordinarse, así que, aunque por costumbre lo llamemos así, escuchar, sostenido por la paciencia y apoyado en la presencia, no es solo una habilidad blanda, sino una de las raíces de las que crece todo lo demás.
La presencia se nota en el cuerpo antes que en las palabras. Se siente en la piel cuando alguien está de verdad contigo, y se siente igual de fuerte cuando falta. Piensa en un médico escribiendo en la pantalla en lugar de mirarte a los ojos mientras le cuentas qué te duele. Piensa en alguien que dice «te estoy escuchando» mientras mira el móvil. El desequilibrio se nota al instante, en algún lugar por debajo del pensamiento consciente.
Estar realmente presente cuesta algo “pequeño” y resulta transformador: cerrar el portátil, silenciar el móvil, dejar de lado la próxima reunión para estar con total presencia en la anterior. Y sí, dicho así, suena casi demasiado sencillo como para considerarse una habilidad; hasta que intentas sostenerlo con dificultad en un mundo diseñado para ser interrumpido cada dos por tres.
La pregunta no es si tenemos tiempo para escuchar. Es si estamos dispuestos a escuchar. En un mundo donde la información está a un clic y las máquinas la procesan más rápido de lo que nosotros jamás podremos, la conexión humana de verdad sigue empezando igual que siempre: con alguien que decide escuchar a otra persona.
Blog escrito y narrado por: Ana Maria Ionita
Creadora de: Mozaiq Studio


